Gritos silenciosos

Cuando despertó, el sepulturero todavía estaba allí.


Oía como los tumultos de arena repicaban sobre la tapa del féretro. Inhalo como respirando por primera vez, y supo que le quedaba una ínfima cantidad de oxígeno dentro de su apretada prisión.
Estaba sediento. Mojado en su sudor de quizás horas.
«Esto es una pesadilla. Ya voy a despertar», dijo con los ojos apretados, pero al abrirlos continuaba dentro de aquel agujero infernal que pronto terminaría por convertirse en el lugar de su muerte.

Lanzó gritos, patadas y puños pero afuera sólo se escuchaba el silencio.

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