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Una Luz para Frank #cuentosdeNavidad


—¡Ya voy! —gritó Frank con voz ronca. El timbre había sonado por tercera vez, pero a sus setenta años no le parecía buena idea correr.

Era el cartero con una carta certificada. La recibió y firmó la notificación. Tras quedarse solo, abrió apresuradamente la carta.

«Papá no me esperes esta Navidad. Estoy cansado de verte hecho un trasto. Lo lamento pero tienes que cambiar si deseas volver a vernos. Tus nietos harán preguntas; están creciendo y cada vez son más curiosos. Aquí te anexo la dirección de un Centro de Rehabilitación para alcohólicos que me ha recomendado un colega. Quiero que vayas allí, y te internes. Te inscribí y me haré cargo de todo.»

Se le constreñía el pecho con cada palabra amarga de su hijo.

Al quedarse viudo el licor lo acompañó día tras día.

Se quitó las gafas y con las manos se secó las lágrimas. Permaneció inerte en el sofá durante horas.

Dos días antes había comprado un árbol de Navidad para sus dos nietos, convencido de que vendrían a visitarlo. Le desconectó las luces y lo arrimó a un rincón.

El día de Nochebuena se atavió con el primer pijamas que encontró, y se metió a la cama antes de anochecer. Estaba abrumado por tanto pensar. A mitad de la noche de despertó con mucha sed —sed de licor, y su garganta lo sabía—. Se calzó unas botas, tomó un costal enorme que tenía preparado, y arrancó su camioneta Ford conduciendo hasta un imponente puente de la ciudad. La gente debía de estar en familia pues no había tráfico vehicular. Descendió y arrastró el costal, provocando un tintineo que se perdía con un viento empeñado en moverle la abundante barba.

—¿Santa Claus? — interrumpió el silencio una eufórica voz infantil.

—¡Cielos! Vas a matarme de un infarto niño —dijo Frank, tensado como un alambre.

—Disculpa viejo pero ¡es increíble que vengas por aquí! Tú siempre nos olvidas. Imaginamos que es porque no tenemos casa —respondió un niño de complexión delgada y ojos saltones, que se acercaba a Frank procedente de un contenedor de basura. Alzó ligeramente los hombros e inclinó su cabeza mirando al suelo.

—¿Por qué piensas que soy Santa?

—¡Mírate! —espetó mientras señalaba con el dedo cada prenda que traía puesta Frank—. Llevas mono y abrigo rojo, botas negras, gafas brillantes, esa barba larga y blanca, una enorme barriga… y tiras de ese pesado costal.

Frank rió a carcajadas por la confusión. Hace días que no lo hacía.

Además de aquel pequeño, había otros tres, con edades de entre ocho y diez años.

—Yo solo venía a deshacerme de esto jovencitos —Abrió el costal, y dentro había botellas de whisky, ginebra, ron y los otros licores que guardaba en su casa.

Juntos tiraron en un enorme contenedor de basura que estaba en el puente, podía oirse cuando se estrellaban. Luego lo acompañaron a su casa para compartir la cena de Navidad. Cantaron villancicos sentados alrededor del enorme árbol.

Frank sacó de una cajita la estrella más brillante que aquellos niños habían visto jamás, y sin problemas, ya que medía un metro ochenta de estatura, la posó en la punta del árbol. Sintió que se le iluminaba su alma. Sabía que tenía mucho por dar, y pronto habría de curarse para hacerlo.

Jhoanna Bolriv (Janna Bolriv) Ver todo

Escritora de día y lectora beta de noche. Adicta a la construcción de personajes engullidos por deseos aciagos. Amante de los thrillers, las novelas del género negro, policíaco, de misterio, terror y aventuras. No puede vivir sin el placer del chocolate y del queso. Cinéfila y manitas.

6 comentarios sobre “Una Luz para Frank #cuentosdeNavidad Deja un comentario

  1. Que dulce relato, pese a ese lado tan duro del inicio, nos plasmas la sensación que todo va a estar bien.
    Me encanta esa frase: Todo va estar bien. Sin imporatar lo que se viva en el momento, nada dura una eternidad, y las cosas cambian.

    Me encanta la Navidad por esa misma razón, hay excusa para hacer “cosas buenas”…

    Un abrazo y el mejor deseo para tí en este 2017. Adelante siempre. 🙂

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