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Mis girasoles y la guerra


Se me cuecen los pies… Están asfixiados entre las botas. Hay unos cincuenta grados centígrados de temperatura. Aquí el agua no calma la sed y el polvo en la garganta la empeora.

Acabamos de atacar a un campamento de rebeldes. A algunos los cogió la muerte durmiendo. Nos han ordenado llevar prisioneros para sacarles información. ¡Pobres diablos! Lo que van sufrir.

El cabo Tello tiene una bala cerca de la cadera y al cabo Paz le cuelga el brazo derecho del hombro. Se les dió morfina a la espera de ayuda médica para trasladarlos. Todos somos menores de veinte años, quizás deberíamos estar jugando a fútbol en el barrio o en clases de la universidad.

Por las noches, cuando logro dormir, sueño con gente llorando, con llamas, lagunas de sangre y cuerpos esparcidos por arena. Esto es el infierno;  ya estamos muertos.

Destapo mi cantimplora y la mano me tiembla. Es otro de los tics que he desarrollado estando aquí.

Un estallido levanta una ola de arena y de cuerpos disparados por los aires. Me tambaleo y al siguiente segundo otra explosión me arroja violentamente contra el suelo. Escucho como nuestra división abre fuego mientras las explosiones continúan. Yo intento incorporarme; siento la arena raspándome las retinas. Apenas puedo puedo ver, pero sin duda hay muchas columnas de humo negro en varios puntos y me aterroriza la suerte de un compañero que está en llamas revolcándose en la arena dando alaridos inentendibles. Mi esfuerzo por ponerme en pie es en vano, las piernas no responden a mis órdenes y caigo de espaldas.

Me cogen por los brazos y me arrastran hasta una duna de gran tamaño para escondernos del fuego cruzado. Es el cabo Frank. Me palmea el pecho con sus manos ensangrentadas mientras su rostro denota pena;  me dice que saldré de esta. Se levanta y me explica que hay muchos compañeros caídos pero que ya está por llegar la ayuda.

Desde este punto se ve perfectamente el sol. Qué hipnótico es su resplandor. Un resplandor al que caen rendidos los girasoles. Cómo no recordar los de los campos de mi abuelo, unos bastante altos y grandes, entre los que Lisa y yo nos perdíamos durante horas. Puedo verla nítidamente mientras camina delante mío con su sonrisa cálida y sus ojos cristalinos sonriendo en sincronía. El tirante de su blusa se desliza sobre su torneado hombro mientras me extiende los brazos en una invitación a dejarme abrazar por ellos. La beso y aspiro el aroma fresco del campo mezclado con el de su cabello.

El sonar de un helicóptero interrumpe mis ensoñaciones. Siento un dolor punzante en los miembros inferiores, suelto las lágrimas y se me cierran los ojos.

Oigo las voces de los paramédicos haciéndome preguntas. Respondo entre balbuceos. Luego me inyectan y me desvanezco entrando de nuevo en mis ensoñaciones; esta vez forzadas.

FIN…

Jhoanna Bolriv (Janna Bolriv) Ver todo

Escritora de día y lectora beta de noche. Adicta a la construcción de personajes engullidos por deseos aciagos. Amante de los thrillers, las novelas del género negro, policíaco, de misterio, terror y aventuras. No puede vivir sin el placer del chocolate y del queso. Cinéfila y manitas.

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