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Peter Handke y algunos fragmentos del cuento: ‘El chino del dolor’


Peter Handke, a sus 76 años, ha merecido el Premio Nobel de la Literatura  2019. Nació en Griffen, Austria, y cursó estudios de Derecho en la Universidad de Graz (1961 – 1965). Hoy vive a las afueras de París, lugar en dónde lo sorprendió el anuncio del distinguido otorgamiento, lo que confesó lo hizo sentir liberado.

Handke, goza de un amplio recorrido literario; es poeta, dramaturgo, novelista, guionista y director de cine, con un estilo vanguardista, crítico, sin tapujos, alejado de lo convencional y sumamente experimental en cuanto técnicas literarias.

Publicó su primera novela en 1966, ‘Los avispones’, y estrenó tres obras de teatro, entre las que se encontraba ‘Insultos al público’, una controvertida obra de anti-teatro en la que cuatro actores discuten con el público. Su primera colección de poemas, ‘El mundo interior del mundo exterior del mundo interior’, apareció en 1969.

Entre sus novelas más elogiadas por la crítica se encuentran: ‘Cuando desear todavía era útil’ (1974), ‘El chino del dolor’ (1983), ‘La repetición’ (1986), ‘El juego de las preguntas’, ‘La tarde de un escritor’ (1993) y ‘El año que pasé en la bahía de nadie’ (1999).

Varias de sus narraciones se llevaron al cine como es el caso de: ‘El miedo del portero al penalty’ (1972),  ‘Cielo sobre Berlín’ (1987) y ‘La mujer zurda’ (1977).

‘El chino del dolor’ es un despiado análisis sobre el proceso de creación literaria.

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Sinopsis:

En las afueras de Salzburgo, separado de su mujer y de sus hijos, un profesor de lenguas muertas vive la vida muerta de la pura contemplación. Pero las cosas suceden, por mucho cuidado que se ponga en evitarlas: un día, en plena calle, Andreas Loser tropieza con un viandante y lo hace caer al suelo. ¿Ha sido un acto intencionado? Si Loser —su voluntad consciente— ha intervenido en el orden del mundo, la consecuencia es clara: se está fraguando una historia, y toda historia necesita un testigo. Éste será el propio hijo del profesor, para que le movimiento desnudo y lógico de la vida se atenga a sus desenlaces necesarios.

Fragmentos:

«CIERRA los ojos, y del negro de las letras nacen las luces de la ciudad. No son las luces del centro urbano, sino las farolas de una de las múltiples urbanizaciones nuevas en el extrarradio del sur, que acababan de iluminarse lentamente. La urbanización consta de casas unifamiliares de un piso y está situada en la gran llanura al pie del macizo del Untersberg; en su tiempo fue un pantano natural que más tarde se llenó de tierra, convirtiéndose en terreno pantanoso —sigue habiendo ciénagas y estanques— y que ahora se llama «musgo»: el musgo Leopoldskroner. Al principio, las farolas brillan muy poquito y sólo entonces cobran fuerza e irradian una nítida luz blanca. Por el contrario, las lámparas de arco montadas en los postes de hormigón en el margen oriental de la urbanización, allí donde, en forma de un recodo, está trazada la estación final de la línea de trolebús, dan un resplandor amarillo rojizo. »

«A la luz trémula de la choza Staufen responde ahora la primera estrella. Al pie del monte Gais, habiendo pasado ya de la yerma tierra pantanosa a la más fértil tierra arcillosa, discurre el Salzach al atardecer. Allí, en la ribera del río, a la altura de ese peñón llamado «roca primitiva», me vino una vez al encuentro de un hombre que, mirando el peñón levemente sobresaliente y las oquedades en él socavadas, dijo: «El mundo es antiguo, ¿verdad, señor Loser?»

En la luz de aquel momento se produjo un silencio. Se extendió el cálido vacío que tanto necesito. Fue como una inspiración o, si existiera esa palabra, un enaltecer originario. La frente ya no necesitaba la mano como apoyo. En el fondo no fue un calor, sino un brillo; no un extenderse, sino un arranque; no un vacío, sino un ser-vacío; menos mi personal ser-en-blanco que una forma en blanco. Y la forma en blanco se llamaba narración. Cuando la narración comenzaba, mi rastro se perdía: la pista se desdibujaba. El vacío no era ningún misterio; un misterio seguía siendo, desde luego, lo que cada vez lo hacía surtir efecto. Era tan majestuoso como tranquilizante, y su quietud quería decir: No tengo que manifestarme. Todo (cada cuerpo) llegaba a ocupar su lugar ante su presencia. «¡Vacío!», eso correspondía a la invocación de la musa, al comienzo de una epopeya de antaño. No causaba ningún estremecimiento, sino ligereza y desenfreno, y actuaba como una ley: tal y como es ahora, así ha de ser. En la imagen era el vado.»

«Soy profesor de idiomas antiguos de un instituto de Lehen, arrabal al noroeste de Salzburgo, a la izquierda del río Salzach. Lehen es la zona de la ciudad con más densidad de población y se considera un barrio obrero. En su centro se encuentra el estadio de fútbol, donde juega el equipo que antes se llamaba «Austria» y que ahora, como todos los clubs austríacos, lleva el nombre de la empresa de la que los jugadores perciben su dinero. En línea recta no hay mucha distancia entre la Urbanización de los Robles, aquí al sur, y Lehen. Pero entre ambas se halla la región turbera que no atraviesa ninguna carretera, tan sólo una longitudinal, la «Moos» (el proyecto de una llamada «tangente sur» ha sido, de momento, pospuesto). Esto me obliga, ya que hace bastante tiempo no tengo coche, a dar un rodeo en el camino hacia el instituto, yendo al centro en trolebús y haciendo transbordo allí. Pero muchas veces, al volver a casa, atravieso el musgo o camino a tientas por los prados turberos hasta encontrarme en algún sitio con el canal alpino, desde donde el sendero Dammpfad me lleva justo hasta mi casa.»

«En mi escritorio hay un vaso que contiene polvo de madera: vestigios de un umbral descubierto por mí en el monte Hemma, que fue el objeto de mi primer ensayo. Dar con los umbrales y describirlos se ha convertido en mi pasión. También me ocupo de ellos más de una vez por las tardes, colaborando a lo largo del curso en las excavaciones de las inmediaciones más próximas, como por ejemplo en el monte celta Dürn, cerca de Hallein, o como hace poco, en el camino «Römer» de Loig. El leve cansancio del día siguiente redunda, normalmente, en provecho de la enseñanza. Me despabila y me tranquiliza y escucho a los alumnos tanto como ellos a mí.»

«En la escalera había olido a manzanas, tan intensamente como en un sótano donde no hay otra cosa más que fruta. El aroma se perdía en la habitación donde se jugaba, pero se hizo sentir tanto más fresco cada vez que uno salía de la habitación. Ocasionalmente llegaba también, añadía, apenas perceptible, el olor de las especias en la comida que se estaba preparando abajo en la cocina, de la que se ocupaba el dueño cada vez que no tenía que jugar: ¿Tomillo? ¿Salvia? ¿Canela? Cuando se abrió por un momento una ventana se pudo escuchar a alguien diciendo: «Se huele la nieve que él ha anunciado.» («Él» era el hombre del tiempo.)»

Jhoanna Bolriv (Janna Bolriv) Ver todo

Escritora de día y lectora beta de noche. Adicta a la construcción de personajes engullidos por deseos aciagos. Amante de los thrillers, las novelas del género negro, policíaco, de misterio, terror y aventuras. No puede vivir sin el placer del chocolate y del queso. Cinéfila y manitas.

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